Hace un año, en medio de una vida universitaria, migratoria y laboral bastante intensa, algo empezó a encender una alarma dentro de mí. Ya no se trataba solo de olvidar fechas o perder cosas, como me había pasado siempre, sino de perder por completo la noción del tiempo. Un día, sin darme cuenta, pasé horas estudiando y terminé cancelando una salida importante con mi esposo. Una conversación individual con mi jefe también marcó un punto de inflexión. Ahí supe que algo no iba bien.
Siempre había pensado que ciertas cosas formaban parte de mi personalidad: desconectarme, andar despistada, expresarme poco o, a veces, demasiado. Pero llegó un momento en que empezaron a afectar a mi calidad de vida. El cansancio mental, la frustración de no poder mantener rutinas, el agotamiento emocional… Todo se acumuló hasta que tuve mis primeros ataques de pánico.
Lo que vino después fue un proceso más largo de lo que imaginaba. El diagnóstico de trastorno por déficit de atención e hiperactividad, TDAH, no llegó en una consulta rápida. Primero le conté a mi médica de atención primaria lo que estaba viviendo y sintiendo. Ella planteó una sospecha inicial y, meses después, la valoración psiquiátrica y las evaluaciones clínicas con una psicóloga confirmaron el diagnóstico. Fue un proceso de varias etapas, de validación y de paciencia. Pero, cuando por fin escuché el diagnóstico, sentí alivio. Al fin tenía un nombre para lo que me estaba pasando. Al fin podía buscar respuestas más claras y construir nuevas estrategias a partir de ellas.
Y empecé a cambiar. Quería organizar mi vida, sí, pero con intención: preparar comidas los domingos, utilizar recordatorios para mis citas, tomar mi medicación de forma responsable y mantener la constancia en mi proceso terapéutico. También empecé a dejar espacio para la realidad: hay días en los que no tengo energía y no puedo con todo, y está bien. Planificar según mis niveles de energía me resulta más eficaz que exigirme estar siempre al cien por cien.
Mi productividad cambió porque cambió mi mirada. Comprendí que mis tiempos y mis procesos no tienen que parecerse a los de nadie más. Que yo, con un cerebro que funciona de otra manera, necesito estructuras diferentes. Y está bien: no se trata de hacerlo todo perfectamente, sino de hacerlo posible con las herramientas adecuadas.
Mi esposo, mi compañero de vida en todos los sentidos, se convirtió en mi tutor académico no oficial. Me recuerda las tareas, me ayuda con los horarios y me acompaña cuando mi mente se dispersa. Tengo un entorno seguro que reconoce lo que vivo y no me juzga. Eso también marca la diferencia.
Hoy la autocompasión me ha dado más claridad que cualquier rutina perfecta. Si estás leyendo esto y te sientes diferente, confundida o desbordada, quiero decirte algo de corazón: ante la duda, busca ayuda profesional. En internet hay muchísima información, pero nada sustituye el acompañamiento honesto, humano y cualificado de un especialista. No estás sola.
El TDAH no me define, pero sí me dio un mapa para comprenderme mejor. Y eso, para mí, es una manera nueva, y mucho más sana, de ser productiva.
Enlaces adicionales del artículo original
- https://www.add.org
- https://www.cdc.gov
- https://www.chadd.org






