Para mí, escribir en otro idioma es una mezcla de desafío, vulnerabilidad y logro. Cuando empecé a escribir en inglés, lo hacía con miedo y vergüenza. Miedo a no utilizar bien las palabras, a no sonar natural, a que se notara que no era mi lengua materna. Pero con el tiempo comprendí que esa diferencia no era una debilidad, sino parte de mi historia.
Escribir en inglés siendo hispanohablante me ha enseñado a mirar el lenguaje de otra manera. A elegir las palabras con más intención. A hacer una pausa antes de escribir, pensar y hablar: ¿qué quiero decir? Porque, cuando no te sientes completamente cómoda con un idioma, tienes que escribir con conciencia. Sin darme cuenta, eso me ayudó a mejorar mi escritura y, con el tiempo, mi manera de comunicarme.
También me hizo más empática, porque comprendí la valentía que supone expresarse en una lengua que no es la tuya. ¡Cuánto hay detrás de una frase sencilla escrita con esfuerzo, corazón y traducción mental!
Pero no todo han sido dificultades. Este proceso también tiene algo extraordinario: cuando las palabras en inglés fluyen y me siento capaz, siento que estoy creciendo. Que estoy abrazando de verdad esta nueva etapa de mi vida como migrante, estudiante y mujer que se atrevió a reinventarse. Por fin siento que soy la misma persona en inglés que en español.
Curiosamente, escribir me hace sentir en casa en ambos idiomas. Algunas frases nacen en uno y otras en el otro, pero el sentimiento es el mismo. Los dos idiomas conviven dentro de mí y, de alguna manera, me permiten contar mi historia desde perspectivas distintas.
Escribir en otra lengua es un acto de valentía. A veces tropiezo y a veces dudo, pero siempre aprendo algo nuevo. Cada palabra que escribo es una pequeña victoria, sea cual sea el idioma.
Porque, al final, lo importante no es si utilizo «the» o «el», sino que lo que diga nazca de un lugar de verdad.







