Parte de hacerse adulta es aprender a ser productiva. Tenemos un ritmo de vida exigente y muchas responsabilidades y, a veces, parece que la productividad es la clave para sobrevivir a la vida adulta. Pero ¿y si te dijera que no todo lo que vemos sobre «ser productiva» se aplica por igual a todas las personas?

En las redes sociales es fácil encontrar a gente que muestra rutinas dignas de un anuncio: levantarse antes del amanecer, hacer ejercicio, meditar, trabajar, comer sano… Todo perfectamente calculado. Pero seamos sinceras: esa forma de vida no siempre encaja con la realidad de quienes trabajamos, criamos, estudiamos o vivimos en ciudades donde solo el transporte ya nos roba horas al día.

Aunque todos tengamos veinticuatro horas, no las utilizamos de la misma manera, y está bien. Cada vida es diferente. Intentar alcanzar unos estándares tan altos, que a veces rozan la fantasía, puede resultar más frustrante que inspirador.

Por eso, lo primero que tuve que aceptar es que la productividad no se ve igual todos los días. Somos humanos: enfermamos, nos cansamos y sentimos. Todo eso influye en cuánto podemos hacer.

En lugar de copiar fórmulas mágicas, empecé a desarrollar mis propios criterios. Aprendí a tomar lo que me sirve, adaptar lo que puedo y soltar lo que no encaja en mi vida. Entendí que la productividad no consiste en hacerlo todo perfectamente, sino en avanzar con constancia, incluso cuando no tengo el cien por cien de energía.

Ser amable conmigo misma ha sido la clave para seguir creciendo.

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Productividad realista: lo que aprendí al dejar de compararme