Esta semana tuve una entrevista que me dejó reflexionando no solo sobre mi proceso migratorio y mi vida profesional, sino también sobre cómo muchas mujeres, como yo, nos acercamos al trabajo, al crecimiento y a la autoestima desde un lugar a menudo condicionado por la inseguridad.

Mientras escribía un artículo sobre el impacto de las mujeres latinoamericanas en Washington, D. C., entrevisté a dos venezolanas increíbles. Una de ellas, Sara, compartió algo que se me quedó grabado: «Cuando vas a buscar trabajo o a pedir un ascenso, siempre te menosprecias. No negociamos; aceptamos lo que hay, aunque esté cualificada o incluso sobrecualificada».

Y no pude evitar identificarme. Me vi reflejada en sus palabras. Durante mucho tiempo yo también me sentí así: como si mi condición de mujer migrante disminuyera mi valor, como si aprender un segundo idioma o adaptarme a otra cultura me hiciera menos capaz. Pero hoy entiendo que, muchas veces, no se trata de quiénes somos, sino de lo que creemos merecer.

Precisamente hoy, el día en que escribo esto, tengo una reunión para renegociar mi contrato. Mi jefe está contento con mi trabajo, y yo también. Sin embargo, reconozco que esta negociación no es solo un paso profesional: también es un acto de valentía emocional. Porque, en este contexto, negociar también es sanar.

Este momento me ha llevado a pensar en la importancia de hablar de educación financiera con perspectiva de género. A veces normalizamos tanto la falta de negociación o la aceptación de condiciones injustas que ni siquiera las cuestionamos. Pero tenemos derecho a preguntar, proponer y expresar nuestras expectativas. No se trata de exigir lo imposible, sino de equilibrar la balanza. De saber que el valor que aportamos merece ser reconocido.

Hoy no siento ansiedad ni estrés. A diferencia de otras ocasiones, me siento preparada. Y sé que no es casualidad: es el resultado de conversaciones profundas, de conocerme mejor y de sanar heridas que muchas llevamos en silencio.

Si tú también eres una mujer que está atravesando una etapa parecida, quiero decirte algo: no estás sola. No eres la única que ha cobrado menos de lo que merecía. Pero nunca es tarde para aprender, corregir y crecer.

La próxima vez que tengas que tomar una decisión importante, recuerda esto: no es solo trabajo. A veces, negociar también es un acto de amor propio.

No es solo trabajo: también es autoestima
No es solo trabajo: también es autoestima