A veces, cuando las palabras se me quedan atascadas en la garganta o siento el corazón demasiado lleno, escribir es lo único que me ayuda a respirar. La escritura se ha convertido en mucho más que un pasatiempo o una herramienta creativa: ha sido una forma de terapia silenciosa en momentos en los que todo parecía tambalearse.
Durante la pandemia, cuando el mundo de fuera se sentía incierto y los días se parecían demasiado, escribir me devolvió el ritmo. Fue mi manera de ponerle nombre a lo que sentía, soltar el miedo y recordarme que no estaba sola. Mientras escribía sobre recetas, rutinas o emociones, también iba construyéndome un refugio.
Y después está la migración, ese proceso que te cambia de país y también por dentro: dejarlo todo atrás, empezar de cero, aprender otro idioma, reconstruir una identidad… Son cosas que no siempre se dicen en voz alta. Escribir me permitió comprender lo que sentía antes de poder expresarlo hablando. Fue mi forma de procesar duelos invisibles y de celebrar también los pequeños logros.
Otro capítulo importante ha sido mi camino con la fertilidad. Aunque muchas veces ha estado marcado por el silencio, la escritura me dio permiso para sentirlo todo: la esperanza, la frustración, el agotamiento, la fe. Hay emociones que no siempre se comparten fácilmente con otras personas, pero que encuentran libertad en una página en blanco.
No escribo para encontrar respuestas, sino para acompañarme en el camino. Me ha ayudado a mirar mis etapas con más compasión y a dar espacio a todo eso que, a veces, quisiera guardar muy dentro de mí.
Escribir me ha enseñado que no necesito tenerlo todo resuelto para contar mi historia. Que incluso en los días grises puedo escribir con luz. Y, si esa luz, por pequeña que sea, también puede acompañar a alguien más, entonces cada palabra habrá valido la pena.







